domingo, 9 de octubre de 2011

La censura de la indiferencia

Un autor no leído es un autor víctima de la peor censura: la de la indiferencia. Es una censura más efectiva que la del Índice eclesiástico.

Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe

sábado, 8 de octubre de 2011

Villaurrutia sobre sor Juana

Una persona curiosa [con esa curiosidad como pasión, no como capricho ...] no se aburrirá jamás, porque la curiosidad es uno de los grandes motores que ha tenido el mundo.

martes, 4 de octubre de 2011

Vanidad en la falsa humildad

En una ocasión, al quitarle un compañero algunos piojos de la sotana del padre Antonio Núñez de Miranda, confesor de sor Juana e inquisidor, le dijo: "ve así, compañero, nuestra cosecha, piojos, podredumbre y hediondez y con todo esto estamos llenos de vanidad."

martes, 27 de septiembre de 2011

Revelaciones

De Lorena para Abraham



En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
el deseo es rey.
...
Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.


Alejandra Pizarnik

viernes, 23 de septiembre de 2011

Fragmentos de la Respuesta a sor Filotea de la Cruz

Juana Inés de la Cruz

¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar.
(...)
Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña.
(...)
no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puede testificarlo.
(...)
Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres --y más en tan florida juventud-- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.
(...)
como es menester mucho uso corporal para adquirir hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede al contrario, y quisiera yo persuadir a todos con mi experiencia a que no sólo no estorban, pero se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variaciones y ocultos engarces —que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor—, de manera que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazón y concierto. Es la cadena que fingieron los antiguos que salía de la boca de Júpiter, de donde pendían todas las cosas eslabonadas unas con otras.
(...)
Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al explicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes: como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos como se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales o no; y que la oración del lógico anda como la línea recta, por el camino más breve, y la del retórico se mueve, como la corva, por el más largo, pero van a un mismo punto los dos; y cuando dicen que los expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado. Y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas, pues éstas antes se ayudan, sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud mía y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad. Lo que sí pudiera ser descargo mío es el sumo trabajo no sólo en carecer de maestro, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo sólo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicación y ejercicio muchos estorbos, no sólo los de mis religiosas obligaciones (que éstas ya se sabe cuán útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas cosas accesorias de una comunidad: como estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando y pelear dos criadas y venirme a constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad, donde es preciso no sólo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio. Y esto es continuamente, porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme a estorbar; y sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen experiencia de vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es unión, no hay para él extremos distantes.
En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! A mí, no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi Padre San Jerónimo (aunque no con su aprovechamiento): Quid ibi laboris insumpserim, quid sustinuerim difficultatis, quoties desperaverim, quotiesque cessaverim et contentione discendi rursus inceperim; testis est conscientia, tam mea, qui passus sum, quam eorum qui mecum duxerunt vitam.
(...)
Pues por la --en mí dos veces infeliz-- habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala --o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer-- es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.
Aquella ley políticamente bárbara de Atenas, por la cual salía desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro, no menos eficaz aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo: que es aborrecer al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió siempre.
Y si no, ¿cuál fue la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda más amable que aquella divina hermosura? ¿Cuál más poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdicción sobre los albedríos y con blanda y apetecida violencia los sabe sujetar, ¿qué haría aquélla con tantas prerrogativas y dotes soberanos? ¿Qué haría, qué movería y qué no haría y qué no movería aquella incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso cristal, se estaban transparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no movería aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moisés, de sólo la conversación con Dios, era intolerable a la flaqueza de la vista humana, ¿qué sería el del mismo Dios humanado? Pues si vamos a las demás prendas, ¿cuál más amable que aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos, aquella profunda humildad y mansedumbre, aquellas palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él?
Dice la Santa Madre y madre mía Teresa, que después que vio la hermosura de Cristo quedó libre de poderse inclinar a criatura alguna, porque ninguna cosa veía que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿cómo en los hombres hizo tan contrarios efectos? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimación de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacía, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo no le amaban, por eso mismo le aborrecían! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit? ¿Hay tal causa? Si dijeran: éste es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador que con engaños alborota el pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decían; pero eran causales más congruentes a lo que solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los fariseos. Pues así es, que cuando se apasionan los hombres doctos prorrumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad que sólo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres, si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿por qué es esa tan cruel determinación? No responden más sino que multa signa facit. ¡Válgame Dios, que el hacer cosas señaladas es causa para que uno muera! Haciendo reclamo este multa signa facit a aquel: radix Iesse, qui stat in signum populorum, y al otro: in signum cui contradicetur. ¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el premio de quien se señala!
Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los Vientos y de la Fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de púas; defensa parece y no es sino propiedad forzosa: no puede estar sin púas que la puncen quien está en alto. Allí está la ojeriza del aire; allí es el rigor de los elementos; allí despican la cólera los rayos; allí es el blanco de piedras y flechas. ¡Oh infeliz altura, expuesta a tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicción! Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento. Lo primero, porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve, y el entendimiento no, pues mientras es mayor es más modesto y sufrido y se defiende menos. Lo segundo es porque, como dijo doctamente Gracián, las ventajas en el entendimiento lo son en el ser. No por otra razón es el ángel más que el hombre que porque entiende más; no es otro el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende más, porque es consecuencia del ser más. Sufrirá uno y confesará que otro es más noble que él, que es más rico, que es más hermoso y aun que es más docto; pero que es más entendido apenas habrá quien lo confiese: Rarus est, qui velit cedere ingenio. Por eso es tan eficaz la batería contra esta prenda.
Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversión de Nuestro Señor Jesucristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la púrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué sólo la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demás insignias, fuese de escarnio e ignominia, pues ése era el fin? No, porque la sagrada cabeza de Cristo y aquel divino cerebro eran depósito de la sabiduría; y cerebro sabio en el mundo no basta que esté escarnecido, ha de estar también lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría no espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana si ve la que obtuvo la divina?
(...)
En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.
(...)
Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe. Así yo, vuelvo a decir, las miraba y admiraba todas; de tal manera que de las mismas personas con quienes hablaba, y de lo que me decían, me estaban resaltando mil consideraciones: ¿De dónde emanaría aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles serían los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veía una figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y mediándola con el entendimiento y reduciéndola a otras diferentes. Paseábame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no. Porque, aunque lo parece, podía ser engaño de la vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.
(...)
Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese; y más, Señora mía, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa
(...)
hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia. A éstos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto que no es necio entero el que no sabe latín, pero el que lo sabe está calificado. Y añado yo que le perfecciona (si es perfección la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas: porque un necio grande no cabe en sólo la lengua materna.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Fragmento de "El budismo" de Borges

La tolerancia del budismo no es una debilidad, sino que pertenece a su índole misma. El budismo fue, ante todo, lo que podemos llamar un yoga. ¿Qué es la palabra yoga? Es la misma palabra que usamos cuando decimos yugo y que tiene su origen en el latín yugu.

Un yugo, una disciplina que el hombre se impone.

Jorge Luis Borges

sábado, 20 de agosto de 2011

Ancha es Castilla

Mägo de Oz


Si crees que todo cuanto has escuchado

No tiene contigo nada que ver,

Estás amigo equivocado, párate a ver, párate a ver.


Todos soñamos con ser

Un caballero y tener

Algo por lo que luchar

Y un amor que defender.


Si tienes un ideal, un principio

Defiéndelo y aférrate a él,

Alguien escribió que la vida es sueño,

Y los sueños, sueños son.


Sé rebelde cómo el mar

Y sé noble porque al final

De ésta vida llevarás

Tu libertad.


No importa cuán loco te crean todos

Manténte firme, manténte en pie,

Buscar tu sitio,

Encontrarte a ti mismo

Es tu misión, es la razón.


Grítale al cielo que no

Quieres ser sólo uno más

Ancha es Castilla y el sol

Tu caminar guiará.

domingo, 19 de junio de 2011

Gershwin autodidacto

Cuando Gershwin le pidió a Ravel que le diera clases, éste se negó, argumentando lo siguiente: «Usted perdería su gran espontaneidad melódica para componer en un mal estilo raveliano. ¿Para que quiere ser un Ravel de segunda, cuando puede ser un Gershwin de primera?»
Hay personas a las que tomar clases les resultaría contraproducente, no por el hecho de que aprender les afecte, pues eso siempre es bueno, sino porque existe el riesgo de que se enajenen de alguna manera. Muchas veces la educación se convierte en la imposición de ideas y hasta maneras de ser sobre el estudiante. Y eso, concretamente en el caso de un creador, es mortal.

miércoles, 15 de junio de 2011

Virtud y placer

Para la sexualidad taoísta, el meridiano de referencia es la virtud, el te. No hay buena sexualidad donde no se encuentra virtud.

Miguel Marlaire, Tao y sexo: erotismo, salud y larga vida, Kier, Buenos Aires, 2005, p. 43.

lunes, 13 de junio de 2011

Como tú

Paco Ibáñez

Como tú
piedra pequeña, como tú
piedra ligera, como tú
Como tú
canto que ruedas, como tú
por las veredas, como tú

Como tú
guijarro humilde, como tú
de las carreteras, como tú

Como tú
piedra pequeña, como tú
como tú
guijarro humilde, como tú

Como tú
que en días de tormenta, como tú
te hundes en la tierra, como tú

Como tú
y luego centelleas, como tú
bajo los cascos, bajo las ruedas, como tú

Como tú
piedra pequeña, como tú
como tú
guijarro humilde, como tú

Como tú
que no sirves para ser ni piedra, como tú
ni piedra de una lonja, como tú
ni piedra de un palacio
ni piedra de una iglesia
ni piedra de una audiencia, como tú

Como tú
piedra aventurera, como tú
que tal vez estas hecha, como tú

Como tú
solo para una honda, como tú
piedra pequeña, como tú

Como tú
Lalarara lalarara

jueves, 26 de mayo de 2011

Rebotado

El color de mi piel es gris oscuro
y me encanta.
Me gustan también todos los colores del arco iris.

Pero a la gente no, a la gente no le gusta mi color.
Muchas veces he pensado que ni siquiera es gris oscuro
que "gris oscuro" es un concepto, un nombre,
pero que mi color es más incómodo para ellos que el gris oscuro.

El punto es que sé desde hace muchos años que a nadie le va a gustar.

Tal vez les agrade mi compañía o si bien resulta, mi forma de pensar,
tal vez no encontraron a nadie más agradable en ese momento,
pero cuando ven las cosas que hago,
es muy probable que prefieran voltear a otra parte.

Eso es una buena señal.
También lo he aprendido.
Si a nadie le gustas, significa que no estás tan hundido en la vulgaridad,
que tal vez tengas una propuesta nueva o en verdad diferente.

Por supuesto, no me cambiaría de color sólo para ser como alguien más,
porque sería un suicidio.

Sin embargo, no puede uno dejar de pensar a veces
que es un poco injusto recibir ese trato de rechazo,
y de querer impugnar.

En el fondo sé que eso casi siempre también será inútil.

lunes, 23 de mayo de 2011

Cuando veo a una pareja mirándose, besándose, tocándose con amor
(algo raro, por cierto),
me acuerdo de lo feliz que soy son ella.

Me alegro por nosotros: por ella y por mí, y por ellos dos,
y les deseo felicidad y largo amor inmortal.

Eso es lo mejor de la humanidad.

Eso debe pervivir y crecer,
en lugar de tanto miedo, odio, vanidad, ignorancia.

Basta de tanques, de miseria, de lujo.

Amor.
Palabra crucificada y vendida.

Amor.
Acción ignorada por muchos.

Amor.
Vida. Alegría. Rescate.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Fragmentos del Eclesiastés

A continuación unos fragmentos del libro del Eclesiastés, perteneciente a la Biblia. Este libro, como varios más de la Biblia, tiene influencia de la filosofía griega, en este caso posiblemente estoica y epicúrea.


1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.

1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.

1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

2:10 No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena.
2:11 Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
2:12 Después volví yo a mirar para ver la sabiduría y los desvaríos y la necedad; porque ¿qué podrá hacer el hombre que venga después del rey? Nada, sino lo que ya ha sido hecho.
2:13 Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.

2:24 No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios.

3:1 Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
3:2 Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
3:3 tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
3:4 tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
3:5 tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;
3:6 tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
3:7 tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;
3:8 tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
3:9 ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?
3:10 Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él.
3:11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
3:12 Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida;
3:13 y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor.

4:6 Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu.
4:7 Yo me volví otra vez, y vi vanidad debajo del sol.
4:8 Está un hombre solo y sin sucesor, que no tiene hijo ni hermano; pero nunca cesa de trabajar, ni sus ojos se sacian de sus riquezas, ni se pregunta: ¿Para quién trabajo yo, y defraudo mi alma del bien? También esto es vanidad, y duro trabajo.
4:9 Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.
4:10 Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante.
4:11 También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?
4:12 Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
4:13 Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos;
4:14 porque de la cárcel salió para reinar, aunque en su reino nació pobre.
4:15 Vi a todos los que viven debajo del sol caminando con el muchacho sucesor, que estará en lugar de aquél.
4:16 No tenía fin la muchedumbre del pueblo que le seguía; sin embargo, los que vengan después tampoco estarán contentos de él. Y esto es también vanidad y aflicción de espíritu.

5:5 Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.

7:9 No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios.

9:7 Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.
9:8 En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.
9:9 Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol.
9:10 Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.
9:11 Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.
9:12 Porque el hombre tampoco conoce su tiempo; como los peces que son presos en la mala red, y como las aves que se enredan en lazo, así son enlazados los hijos de los hombres en el tiempo malo, cuando cae de repente sobre ellos.
9:13 También vi esta sabiduría debajo del sol, la cual me parece grande:
9:14 una pequeña ciudad, y pocos hombres en ella; y viene contra ella un gran rey, y la asedia y levanta contra ella grandes baluartes;
9:15 y se halla en ella un hombre pobre, sabio, el cual libra a la ciudad con su sabiduría; y nadie se acordaba de aquel hombre pobre.
9:16 Entonces dije yo: Mejor es la sabiduría que la fuerza, aunque la ciencia del pobre sea menospreciada, y no sean escuchadas sus palabras.
9:17 Las palabras del sabio escuchadas en quietud, son mejores que el clamor del señor entre los necios.
9:18 Mejor es la sabiduría que las armas de guerra; pero un pecador destruye mucho bien.

12:11 Las palabras de los sabios son como aguijones

lunes, 9 de mayo de 2011

Aceptar el dolor

En Occidente aceptar el dolor no es algo bien visto por lo general, ni en la mentalidad tradicional ni en la moderna. En la tradicional se confunde aceptar el dolor con ser resignado en la vida, lo que puede tener un valor positivo desde el punto de vista cristiano; en la mentalidad moderna, aceptar el dolor sencillamente es inadmisible, pues la vida pretende estar inserta siempre en el comfort. Sin embargo, aceptar el dolor cuando no se ha podido evitar resulta lo más adecuado. No es resignarse y ser sumiso, pues ya se hizo algo o todo para evitarlo, tampoco es evadirse con drogas diversas que en realidad no lo erradican. Aceptar el dolor cuando no se ha podido evitar es fortalecernos y saber que el dolor no es en realidad lo más terrible de la vida (hay cosas peores, como hacer algo que no se quiere, tener una vida indiferente para uno mismo o ser totalmente dependiente); se puede superar y se puede aprender del dolor. Esta enseñanza la han dejado varias filosofías orientales.

lunes, 2 de mayo de 2011

A nadie le gusta mucho lo que haces


Siguiendo la tradición de Michel de Montaigne, escribiré sobre mí mismo, como suelo hacer. Siendo muy pesimistas (como a veces soy), supongamos que a nadie le gusta, o a nadie le gusta mucho lo que uno hace. Lo ignoran o prefieren otras cosas y otras personas. No que eso suceda en todo o en lo más importante, pero sí quizá en algo. Puede surgir un sentimiento parecido a la envidia. No tanto que se envidie a otro por cómo es en sí, sino por la atención que recibe por x persona o personas. Si no surge la envidia, surge otra cosa igualmente nefasta, que es simplemente el enojo o la tristeza de no recibir la atención que uno consideraría necesaria. Por ejemplo este blog, que poquísima gente ha comentado jaja.
La otra cosa que podría suceder es que tal vez sí les guste, pero no reaccionan como nosotros creemos que deberían de reaccionar. Ahí el problema es querer adaptar la realidad a nuestra idea de lo que debe ser, y eso es ingenuo.
Aquí están presentes los 3 venenos del alma según los budistas: la ilusión, el ego y el enojo, como me decía mi amor el otro día.
La ilusión al darle importancia a algo que no debiera tenerla; el ego al querer llamar la atención; el enojo al no conseguirlo.
Dichas ideas y emociones deben entonces ser extinguidas si no se quiere sufrir más y aumentar los problemas.
Quizá no es fácil extinguirlas en el momento en que se presentan, pues por lo general son fuertes. Ayuda mucho el estar conscientes de ellas y de su maldad. Ayuda a evitar que crezcan, pero a veces no es suficiente para impedir del todo que surjan o para evitar que nos sintamos mal. Ayudaría no dejarlas hablar y tratar de ignorarlas, dejando que la emoción se vaya sola y recapacitar sobre eso en lugar de dejarse llevar.
Ayuda pensar en la soledad como algo positivo y en la indiferencia ajena como algo indiferente para uno. Esto tampoco es fácil, sobre todo cuando estamos hablando de la atención de un ser amado. Pero quizás hay que hacerlo en esos casos.
No sólo hay que hacer las cosas por convicción y gusto individuales, sino también sin mucha esperanza de que a alguien más le gusten.
Uno podría argumentar páginas sobre por qué lo nuestro es tan bueno o mejor que lo otro que les gusta, pero en el fondo es tonto, no porque no sea cierto, sino porque lo que mueve esa reflexión son los venenos.
Si nos gusta hacer algo, no deberíamos necesitar nada más para estar muy satisfechos. Deberíamos poder individualizar ese placer y no esperar que alguien más lo comparta (aunque pueda ser muy agradable que eso suceda), aunque seamos seres sociales.
Si tenemos en gran estima lo que hacemos y somos, no necesitamos que nadie lo reconozca, no debemos adoptar una postura lastimera ni tampoco una soberbia. A mí me gusta lo que hago, si a nadie le gusta o si le gusta a alguien más, a una persona en especial, a un grupo o a media humanidad, eso es en verdad secundario. No me interesa decir que lo que hago es mejor o peor que lo de otros, pues si pensara eso estaría compitiendo, además sobre algo absurdo y relativo, y le estaría dando importancia en el fondo al juicio de los demás, encubierto de la pseudo objetividad que determinaría qué es mejor. Es eso lo que debemos trabajar: la estima de lo que hacemos y somos, el andar alegre y despreocupado de esas nimiedades en las que nos han mal educado.