El título del artículo "¿Por qué hoy no es posible la revolución?" es por de más tendencioso. Cualquiera que lo lea pensaría que es de un autor de derecha. Por lo que hemos visto, Byung-Chun Han no lo es, pero este artículo me hace sospechar de él como alguien más fashion que Zizek. Si bien es cierto que el concepto de revolución ha cambiado y tiene que hacerlo, también es cierto que es imprescindible desde la izquierda, o si ya tampoco se quiere usar "izquierda", desde el pensamiento crítico. Decir que no es posible la revolución es de una soberbia y además de una ingenuidad enormes, pues no se puede saber el presente ni el futuro con tanta certeza; es entonces propaganda neoliberal, aunque se analice y describa al monstruo del neoliberalismo, que necesita ideólogos que mantengan el mito de que es todopoderoso. Hasta la Hidra de cabezas que renacían tuvo un fin.
Por ejemplo, la falacia de decir que no existe enajenación sólo porque hay euforia, como si las drogas que provocan euforia no fueran enajenantes, y esto no es para defender a Marx, sino para defender el concepto de enajenación, fundamental para criticar al sistema. Otro argumento contra los más racionales antirrevolucionarios es que la revolución ni siquiera depende de la lógica de los intelectuales: suele tener muchas sorpresas, como la vida misma y la creatividad. La pueden aplastar y denigrar, pero tarde o temprano resurgirá.
viernes, 19 de diciembre de 2014
lunes, 17 de noviembre de 2014
El pueblo silencioso en "La dictadura perfecta"
En la película "La dictadura perfecta" dirigida por Luis Estrada aparecen, tan grotescos y cínicos como en la realidad, casi todos los poderes: representantes de diferentes partidos y grandes empresarios, entre los que se encuentran los de la industria de las telecomunicaciones, la droga y principalmente de los medios masivos, cuyo influjo en la vida nacional es para nuestra desgracia casi omnipresente. Casi todos los poderes aparecen representados, menos uno, el más importante y ciertamente el más difícil de representar: el pueblo.
Si bien es cierto que el pueblo es muy variado cultural y sobre todo políticamente, también es cierto que se ha hecho notar siempre, sobre todo en los últimos meses; tan es así que los otros poderes, que ejercen su dominación sobre él, siempre hacen todo lo posible por adormecerlo, como quien trata de controlar a una bestia salvaje. Pareciera incluso que el director tiene la misma intención al no mostrarlo nunca a pesar de que el abuso que sufre es el tema principal. Esta es sin duda otra razón por la cual Televisa colaboró intensamente en esta película: ellos son los grandes triunfadores y el pueblo el gran derrotado, cuya actitud es pasiva. Pero, aunque así parece haber sido, ¿realmente no puede cambiar la situación? Por supuesto que sí.
Ya han ocurrido cambios radicales en la historia del pueblo mexicano y de cualquier otro, y parece que nos encontramos en uno de esos momentos. Las reformas estructurales que los gobiernos y los partidos, obedeciendo a los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, han aprobado y están aplicando con variada fortuna, a la par que la brutal represión a la gente organizada, en su mayoría estudiantes y profesores, ha generado una indignación inaudita que se manifiesta en cada vez más implacables protestas, protestas que pueden no sólo incomodar a estos poderes y a parte de la población, sino que incluso pueden derrocar el régimen. Esto no sale en el cine ni en la tele, pero está en las calles.
Si bien es cierto que el pueblo es muy variado cultural y sobre todo políticamente, también es cierto que se ha hecho notar siempre, sobre todo en los últimos meses; tan es así que los otros poderes, que ejercen su dominación sobre él, siempre hacen todo lo posible por adormecerlo, como quien trata de controlar a una bestia salvaje. Pareciera incluso que el director tiene la misma intención al no mostrarlo nunca a pesar de que el abuso que sufre es el tema principal. Esta es sin duda otra razón por la cual Televisa colaboró intensamente en esta película: ellos son los grandes triunfadores y el pueblo el gran derrotado, cuya actitud es pasiva. Pero, aunque así parece haber sido, ¿realmente no puede cambiar la situación? Por supuesto que sí.
Ya han ocurrido cambios radicales en la historia del pueblo mexicano y de cualquier otro, y parece que nos encontramos en uno de esos momentos. Las reformas estructurales que los gobiernos y los partidos, obedeciendo a los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, han aprobado y están aplicando con variada fortuna, a la par que la brutal represión a la gente organizada, en su mayoría estudiantes y profesores, ha generado una indignación inaudita que se manifiesta en cada vez más implacables protestas, protestas que pueden no sólo incomodar a estos poderes y a parte de la población, sino que incluso pueden derrocar el régimen. Esto no sale en el cine ni en la tele, pero está en las calles.
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viernes, 3 de octubre de 2014
El nacimiento de la tragedia, 16
F. Nietzsche
la música ha de ser juzgada según unos principios estéticos completamente distintos que todas las artes figurativas, y, desde luego, no según la categoría de la belleza: aunque una estética errada, de la mano de un arte extraviado y degenerado, se haya habituado a exigir de la música, partiendo de aquel concepto de belleza vigente en el mundo figurativo, un efecto similar al exigido a las obras del arte figurativo, a saber, la «excitación del agrado por las formas bellas».
la música ha de ser juzgada según unos principios estéticos completamente distintos que todas las artes figurativas, y, desde luego, no según la categoría de la belleza: aunque una estética errada, de la mano de un arte extraviado y degenerado, se haya habituado a exigir de la música, partiendo de aquel concepto de belleza vigente en el mundo figurativo, un efecto similar al exigido a las obras del arte figurativo, a saber, la «excitación del agrado por las formas bellas».
El nacimiento de la tragedia, 17
F. Nietzsche
También el arte dionisíaco quiere convencernos del eterno placer de la existencia: sólo que ese placer no debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas. Debemos darnos cuenta de que todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso, nos vemos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia individual — y, sin embargo, no debemos quedar helados de espanto: un consuelo metafísico nos arranca momentáneamente del engranaje de las figuras mudables. Nosotros mismos somos realmente, por breves instantes, el ser primordial, y sentimos su indómita ansia y su indómito placer de existir; la lucha, el tormento, la aniquilación de las apariencias parécennos ahora necesarios, dada la sobreabundancia de las formas innumerables de existencia que se apremian y se empujan a vivir, dada la desbordante fecundidad de la voluntad del mundo; somos traspasados por la rabiosa espina de esos tormentos en el mismo instante en que, por así decirlo, nos hemos unificado con el inmenso placer primordial por la existencia y en que presentimos, en un éxtasis dionisíaco, la indestructibilidad y eternidad de ese placer. A pesar del miedo y de la compasión, somos los hombres que viven felices, no como individuos, sino como lo único viviente, con cuyo placer procreador estamos fundidos.
También el arte dionisíaco quiere convencernos del eterno placer de la existencia: sólo que ese placer no debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas. Debemos darnos cuenta de que todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso, nos vemos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia individual — y, sin embargo, no debemos quedar helados de espanto: un consuelo metafísico nos arranca momentáneamente del engranaje de las figuras mudables. Nosotros mismos somos realmente, por breves instantes, el ser primordial, y sentimos su indómita ansia y su indómito placer de existir; la lucha, el tormento, la aniquilación de las apariencias parécennos ahora necesarios, dada la sobreabundancia de las formas innumerables de existencia que se apremian y se empujan a vivir, dada la desbordante fecundidad de la voluntad del mundo; somos traspasados por la rabiosa espina de esos tormentos en el mismo instante en que, por así decirlo, nos hemos unificado con el inmenso placer primordial por la existencia y en que presentimos, en un éxtasis dionisíaco, la indestructibilidad y eternidad de ese placer. A pesar del miedo y de la compasión, somos los hombres que viven felices, no como individuos, sino como lo único viviente, con cuyo placer procreador estamos fundidos.
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lunes, 22 de septiembre de 2014
Metal y política
Ensayo presentado en el coloquio Expresiones sonoras, diversidad musical. ENAH, 4 de septiembre de 2014.
https://www.academia.edu/8339826/Metal_y_politica
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miércoles, 22 de enero de 2014
El sabio peripatético no está exento de conturbaciones, pero las modera.
XII
Michel de Montaigne
XII
Michel de Montaigne
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martes, 10 de diciembre de 2013
Algo sobre la erótica en el Rgveda
"En el Rgveda no se encuentra ni gazmoñería ni pecado ni malicia ni pornografía, porque nadie ve con recelo el sexo si no se le enseña a verlo así, lo mismo que nadie ve con recelo la nariz porque a nadie se le ocurrió decir que la nariz fuera una cosa sucia y mala."
Juan Miguel de Mora, Estudio analítico del Rig Veda
Juan Miguel de Mora, Estudio analítico del Rig Veda
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domingo, 1 de diciembre de 2013
1968, resignación o resurrección
En mi experiencia, y creo que en la de muchos mexicanos, cuando se recuerda el 68 necesariamente se habla de la masacre del 2 de octubre y prácticamente sólo eso, sin ahondar mucho.
Esto nos genera, lógicamente, una actitud de enojo y tristeza que hace que mucha gente prefiera evadir el tema, como el de otras tragedias que se van olvidando. Otros salen a las calles o de diversas maneras expresan su repudio a la represión estudiantil siempre latente.
Sin embargo, ¿eso es todo?, ¿insultar a los poderosos de antes y ahora, hacer pintas y carteles, ponernos "de pechito" muy cristianamente, flagelarnos, hacer altares y tzompantlis, idolatrar a los sobrevivientes, despreciar a quienes no se unen a este ritual? ¿No hubo otra cosa en 1968 en México, como parte del clima que venía de Praga y París? ¿Qué querían las víctimas, lograron algo además de ser sacrificados? Más aún, ¿cómo podemos recuperar lo que dejaron inconcluso ahora y resucitar la revolución en este siglo?
Esto nos genera, lógicamente, una actitud de enojo y tristeza que hace que mucha gente prefiera evadir el tema, como el de otras tragedias que se van olvidando. Otros salen a las calles o de diversas maneras expresan su repudio a la represión estudiantil siempre latente.
Sin embargo, ¿eso es todo?, ¿insultar a los poderosos de antes y ahora, hacer pintas y carteles, ponernos "de pechito" muy cristianamente, flagelarnos, hacer altares y tzompantlis, idolatrar a los sobrevivientes, despreciar a quienes no se unen a este ritual? ¿No hubo otra cosa en 1968 en México, como parte del clima que venía de Praga y París? ¿Qué querían las víctimas, lograron algo además de ser sacrificados? Más aún, ¿cómo podemos recuperar lo que dejaron inconcluso ahora y resucitar la revolución en este siglo?
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sábado, 16 de noviembre de 2013
Haikus varios
Aire de invierno gris
Veo tus ojos
Sonrío con el calor
*
Baño de luz en la noche
Camino de aventura
Estar contigo
*
Todo es inseguro
Pero te amo
Y soy muy feliz
*
Tu pie se balancea
Lo quisiera besar
*
Ahora es primavera
Siento la luz del sol
Como en mi infancia
*
Haikus metaleros
I
La gente quiere cosas dulces
aunque sean falsas o empalagosas,
son niños pervertidos.
II
El metal es contundente,
un mazazo, volar rápido,
eso a muchos no les gusta.
En el corazón de la Tierra hay vientos de metal.
*
En la tarde gris de viento fuerte
la llama de nuestro amor arde con brío.
*
Un trazo de fuego en el cielo azul
y los árboles oscurecen.
*
No pude evitar mojarme
por la suave lluvia
Disfruto sus besos
*
Sor Juana
Faetón femenino
radiante renaces
cual ángel caído.
*
Oyendo heavy metal
Del tubo del rápido metrobús
El viento en mi rostro
*
Virginia, mi madre,
Es una niña sonriente
A la que quiero imitar
*
Se mueven las plantas
por el viento.
Niños de pelo alborotado.
Algunos de estos haikus se publicaron, algunos en versiones anteriores, aquí:
http://cuadrivio.net/2011/12/el-haiku-hispanoamericano-entre-la-iluminacion-y-la-banalidad/
Abraham Sánchez Guevara
Veo tus ojos
Sonrío con el calor
*
Baño de luz en la noche
Camino de aventura
Estar contigo
*
Todo es inseguro
Pero te amo
Y soy muy feliz
*
Tu pie se balancea
Lo quisiera besar
*
Ahora es primavera
Siento la luz del sol
Como en mi infancia
*
Haikus metaleros
I
La gente quiere cosas dulces
aunque sean falsas o empalagosas,
son niños pervertidos.
II
El metal es contundente,
un mazazo, volar rápido,
eso a muchos no les gusta.
En el corazón de la Tierra hay vientos de metal.
*
En la tarde gris de viento fuerte
la llama de nuestro amor arde con brío.
*
Un trazo de fuego en el cielo azul
y los árboles oscurecen.
*
No pude evitar mojarme
por la suave lluvia
Disfruto sus besos
*
Sor Juana
Faetón femenino
radiante renaces
cual ángel caído.
*
Oyendo heavy metal
Del tubo del rápido metrobús
El viento en mi rostro
*
Virginia, mi madre,
Es una niña sonriente
A la que quiero imitar
*
Se mueven las plantas
por el viento.
Niños de pelo alborotado.
Algunos de estos haikus se publicaron, algunos en versiones anteriores, aquí:
http://cuadrivio.net/2011/12/el-haiku-hispanoamericano-entre-la-iluminacion-y-la-banalidad/
Abraham Sánchez Guevara
sábado, 9 de noviembre de 2013
Cerezo y águila
En el interior de la oscura tierra germinó la semilla, tierna. Brotó lo que sería una rama verde brillante. Con el paso de los días y los años el cerezo deleitaba con su aroma, su belleza y su sombra.
Un águila joven se posó en el árbol una tarde. Le gustó tanto ese lugar que permaneció ahí muchos días. A pesar de no ser una cueva, por alguna extraña razón lo protegía del frío. El ave volaba, a veces cerca y a veces lejos, pero siempre regresaba al cerezo porque era su mejor compañero. El bello árbol también disfrutaba de que el águila se posara en sus ramas e incluso comiera de sus ricos frutos. Apenas sentían la cercanía del otro, uno aceleraba el vuelo y gritaba y el otro movía sus ramas como agitadas por el viento del aleteo, aún más que si fueran de la misma especie.
En otra leyenda, el Maestro Almendro dibujó con su uña un barco en la piel de la esclava que era el espíritu encarnado, para que pudiera escapar de toda cárcel. En esta historia el cerezo y el águila se marcaron, uno con las garras en las ramas, el otro con una tintura en la piel del pájaro, signos cuya descripción aquí sería inútil y cuyo significado es inefable.
El águila vuela grandes distancias, intentando no perder su ubicación, recordando una flor del cerezo que funge como rosa de los vientos.
El árbol va abriéndose camino en la tierra con sus raíces, que nunca olvida, y en el cielo con sus ramas, sólo para los ingenuos está inmóvil. En su exquisita delicadeza tiene también la fuerza que tendrían cientos de seres.
Un águila joven se posó en el árbol una tarde. Le gustó tanto ese lugar que permaneció ahí muchos días. A pesar de no ser una cueva, por alguna extraña razón lo protegía del frío. El ave volaba, a veces cerca y a veces lejos, pero siempre regresaba al cerezo porque era su mejor compañero. El bello árbol también disfrutaba de que el águila se posara en sus ramas e incluso comiera de sus ricos frutos. Apenas sentían la cercanía del otro, uno aceleraba el vuelo y gritaba y el otro movía sus ramas como agitadas por el viento del aleteo, aún más que si fueran de la misma especie.
En otra leyenda, el Maestro Almendro dibujó con su uña un barco en la piel de la esclava que era el espíritu encarnado, para que pudiera escapar de toda cárcel. En esta historia el cerezo y el águila se marcaron, uno con las garras en las ramas, el otro con una tintura en la piel del pájaro, signos cuya descripción aquí sería inútil y cuyo significado es inefable.
El águila vuela grandes distancias, intentando no perder su ubicación, recordando una flor del cerezo que funge como rosa de los vientos.
El árbol va abriéndose camino en la tierra con sus raíces, que nunca olvida, y en el cielo con sus ramas, sólo para los ingenuos está inmóvil. En su exquisita delicadeza tiene también la fuerza que tendrían cientos de seres.
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viernes, 6 de septiembre de 2013
Henry Miller en un concierto de música académica
Me identifico mucho con este fragmento de Trópico de Cáncer de Henry Miller, en el que el protagonista va a un concierto a la Salle Gaveau.
Hace tanto tiempo que no me he sentado en compañía de gente bien vestida, que me siento un poco espantado. Todavía huelo el aldehído fórmico. Quizá Serge reparta aquí también. Pero nadie se rasca, gracias a Dios. Un olor tenue a perfume... muy tenue. Antes incluso de que comience la música, la gente tiene expresión de aburrimiento en la cara. Una forma fina de tortura autoimpuesta, el concierto. Por un instante, cuando el director da unos golpecitos con su batuta, se produce un tenso espasmo de concentración seguido casi inmediatamente por un aletargamiento repentino y general, una especie de reposo tranquilo y vegetal inducido por el constante e ininterrumpido chispear de la orquesta. Mi mente está curiosamente alerta; es como si tuviera mil espejos dentro del cráneo. ¡Mis nervios están tensos, vibrantes! Las notas son como bolas de cristal bailando sobre un millón de surtidores de agua. Nunca había asistido a un concierto con el estómago tan vacío. Nada se me escapa, ni siquiera la caída del más pequeño alfiler. Es como si no llevara ropa y cada poro de mi cuerpo fuese una ventana y todas las ventanas estuvieran abiertas y la luz me inundase las entrañas. Siento arquearse la luz bajo la bóveda de mis costillas, y mis costillas cuelgan ahí sobre una nave vacía que tiembla de reverberaciones. No tengo la menor idea de la duración de todo esto; he perdido la noción del tiempo y del espacio. Después de lo que parece una eternidad, sigue un intervalo de semiconsciencia equilibrada por una calma tal, que siento un gran lago en mi interior, un lago de resplandor iridiscente, fresco como gelatina; y sobre ese lago, alzándose en grandes y raudas espirales, surgen bandadas de aves de paso con patas largas y delgadas y plumaje brillante. Bandada tras bandada, se elevan de la superficie fresca y tranquila del lago y, pasando bajo mis clavículas, se pierden en el blanco mar del espacio. Y luego, despacio, muy despacio, como si una vieja con toca blanca recorriera mi cuerpo, despacio se cierran las ventanas y mis órganos vuelven a ocupar su lugar. Repentinamente, se encienden las luces y el hombre del palco blanco al que había tomado por un oficial turco resulta ser una mujer con una maceta de flores en la cabeza.
Ahora se produce un cuchicheo y todos los que desean toser tosen a sus anchas. Se oye el ruido de pies que se arrastran y el estrépito de butacas que se bajan de golpe, el ruido continuo y crepitante de personas que van y vienen sin objeto, de personas que agitan sus programas, fingen leerlos y después los dejan caer y arrastran los pies bajo los asientos, agradecidos hasta del más pequeño accidente que les impida preguntarse qué estaban pensando porque, si supieran que no estaban pensando nada, enloquecerían. Bajo el resplandor de las luces se miran unos a otros con expresión vacía, y la insistencia con que se miran mutuamente produce una extraña tensión. Y en el momento en que el director vuelve a dar unos golpecitos, caen de nuevo en un estado cataléptico: se rascan incesantemente o recuerdan de repente un escaparate en que se exhibía una bufanda o un sombrero; recuerdan todos los detalles de ese escaparate con asombrosa claridad, pero lo que no consiguen recordar es dónde estaba exactamente; y eso les fastidia, los mantiene despiertos, inquietos, y ahora escuchan con mayor atención porque están despiertos y, por maravillosa que sea la música, no perderán la conciencia de ese escaparate, ni de la bufanda colgada en él, ni del sombrero. Y esa atención intensa es contagiosa; hasta la orquesta parece galvanizada y adquiere una extraordinaria vivacidad. El segundo número se dispara como una peonza... tan rápido verdaderamente que, cuando de golpe cesa la música y se encienden las luces, algunos se quedan clavados en sus asientos como zanahorias, moviendo las mandíbulas convulsivamente, y si les gritaras repentinamente en el oído Brahms, Beethoven, Mendeleev, Herzegovina, responderían sin pensar 4, 967, 289.
Cuando llegamos al número de Debussy, la atmósfera está completamente envenenada. Me veo preguntándome qué sentirán las mujeres durante el acto sexual: si será más agudo el placer, etcétera. Intento imaginar algo que me penetra por la ingle, pero lo único que experimento es una sensación de dolor. Intento concentrarme, pero la música es demasiado escurridiza. Sólo puedo pensar en un jarrón que gira lentamente y las figuras caen en el espacio. Al final sólo hay luz girando, y me pregunto cómo gira la luz. El hombre que hay a mi lado está profundamente dormido. Parece un agente de bolsa, con su gran barriga y su bigote encerado. Me gusta así. Me gusta especialmente esa gran barriga y todo lo que ha contribuido a formarla. ¿Por qué no habría de dormir profundamente? Si quiere escuchar, siempre puede reunir el importe de una entrada. Noto que cuanto mejor vestidos van, más profundamente duermen. Los ricos tienen la conciencia tranquila. Si un pobre se adormece, aunque sólo sea por unos segundos, se siente mortificado; se imagina que ha cometido un delito contra el compositor.
En el número español la sala estaba electrizada. Todo el mundo estaba sentado en el borde de la butaca: los tambores los despertaron. Cuando comenzaron los tambores, creí que no acabaría nunca. Esperaba ver a la gente caer de los palcos o tirar los sombreros al aire. Había algo mágico en aquello y Ravel habría podido volvernos locos, si hubiera querido. Pero eso no es propio de Ravel. De repente, todo se apaciguó. Era como si, en plena acrobacia, hubiera recordado que llevaba puesto un chaqué. Se contuvo. Gran error, en mi humilde opinión. El arte consiste en llegar hasta las últimas consecuencias. Si comienzas con los tambores, tienes que acabar con dinamita, o TNT. Ravel sacrificó algo por la forma, por una verdura que la gente ha de digerir antes de irse a la cama.
Mis pensamientos se despliegan. La música se me escapa, ahora que los tambores han cesado. Por todas partes la gente ha recuperado la compostura. Bajo la luz de la salida hay un Werther sumido en la desesperación; está reclinado sobre los codos, tiene los ojos vidriosos. Cerca de la puerta, arrebujado en una gran capa, hay un español con un sombrero en la mano. Parece como si estuviera posando para el Balzac de Rodin. Del cuello para arriba recuerda a Buffalo Bill. En la galería de enfrente de la mía, en la primera fila, está sentada una mujer con las piernas muy abiertas; parece como si tuviera el trismo, con el cuello echado hacia atrás y dislocado. La mujer del sombrero rojo que está dormitando sobre la barandilla..., ¡qué maravilloso sería que tuviera una hemorragia! Que de repente arrojase un cubo de sangre sobre los cuellos duros de abajo. ¡Imaginaos a esas nulidades volviendo del concierto a casa con las pecheras manchadas de sangre!
Hace tanto tiempo que no me he sentado en compañía de gente bien vestida, que me siento un poco espantado. Todavía huelo el aldehído fórmico. Quizá Serge reparta aquí también. Pero nadie se rasca, gracias a Dios. Un olor tenue a perfume... muy tenue. Antes incluso de que comience la música, la gente tiene expresión de aburrimiento en la cara. Una forma fina de tortura autoimpuesta, el concierto. Por un instante, cuando el director da unos golpecitos con su batuta, se produce un tenso espasmo de concentración seguido casi inmediatamente por un aletargamiento repentino y general, una especie de reposo tranquilo y vegetal inducido por el constante e ininterrumpido chispear de la orquesta. Mi mente está curiosamente alerta; es como si tuviera mil espejos dentro del cráneo. ¡Mis nervios están tensos, vibrantes! Las notas son como bolas de cristal bailando sobre un millón de surtidores de agua. Nunca había asistido a un concierto con el estómago tan vacío. Nada se me escapa, ni siquiera la caída del más pequeño alfiler. Es como si no llevara ropa y cada poro de mi cuerpo fuese una ventana y todas las ventanas estuvieran abiertas y la luz me inundase las entrañas. Siento arquearse la luz bajo la bóveda de mis costillas, y mis costillas cuelgan ahí sobre una nave vacía que tiembla de reverberaciones. No tengo la menor idea de la duración de todo esto; he perdido la noción del tiempo y del espacio. Después de lo que parece una eternidad, sigue un intervalo de semiconsciencia equilibrada por una calma tal, que siento un gran lago en mi interior, un lago de resplandor iridiscente, fresco como gelatina; y sobre ese lago, alzándose en grandes y raudas espirales, surgen bandadas de aves de paso con patas largas y delgadas y plumaje brillante. Bandada tras bandada, se elevan de la superficie fresca y tranquila del lago y, pasando bajo mis clavículas, se pierden en el blanco mar del espacio. Y luego, despacio, muy despacio, como si una vieja con toca blanca recorriera mi cuerpo, despacio se cierran las ventanas y mis órganos vuelven a ocupar su lugar. Repentinamente, se encienden las luces y el hombre del palco blanco al que había tomado por un oficial turco resulta ser una mujer con una maceta de flores en la cabeza.
Ahora se produce un cuchicheo y todos los que desean toser tosen a sus anchas. Se oye el ruido de pies que se arrastran y el estrépito de butacas que se bajan de golpe, el ruido continuo y crepitante de personas que van y vienen sin objeto, de personas que agitan sus programas, fingen leerlos y después los dejan caer y arrastran los pies bajo los asientos, agradecidos hasta del más pequeño accidente que les impida preguntarse qué estaban pensando porque, si supieran que no estaban pensando nada, enloquecerían. Bajo el resplandor de las luces se miran unos a otros con expresión vacía, y la insistencia con que se miran mutuamente produce una extraña tensión. Y en el momento en que el director vuelve a dar unos golpecitos, caen de nuevo en un estado cataléptico: se rascan incesantemente o recuerdan de repente un escaparate en que se exhibía una bufanda o un sombrero; recuerdan todos los detalles de ese escaparate con asombrosa claridad, pero lo que no consiguen recordar es dónde estaba exactamente; y eso les fastidia, los mantiene despiertos, inquietos, y ahora escuchan con mayor atención porque están despiertos y, por maravillosa que sea la música, no perderán la conciencia de ese escaparate, ni de la bufanda colgada en él, ni del sombrero. Y esa atención intensa es contagiosa; hasta la orquesta parece galvanizada y adquiere una extraordinaria vivacidad. El segundo número se dispara como una peonza... tan rápido verdaderamente que, cuando de golpe cesa la música y se encienden las luces, algunos se quedan clavados en sus asientos como zanahorias, moviendo las mandíbulas convulsivamente, y si les gritaras repentinamente en el oído Brahms, Beethoven, Mendeleev, Herzegovina, responderían sin pensar 4, 967, 289.
Cuando llegamos al número de Debussy, la atmósfera está completamente envenenada. Me veo preguntándome qué sentirán las mujeres durante el acto sexual: si será más agudo el placer, etcétera. Intento imaginar algo que me penetra por la ingle, pero lo único que experimento es una sensación de dolor. Intento concentrarme, pero la música es demasiado escurridiza. Sólo puedo pensar en un jarrón que gira lentamente y las figuras caen en el espacio. Al final sólo hay luz girando, y me pregunto cómo gira la luz. El hombre que hay a mi lado está profundamente dormido. Parece un agente de bolsa, con su gran barriga y su bigote encerado. Me gusta así. Me gusta especialmente esa gran barriga y todo lo que ha contribuido a formarla. ¿Por qué no habría de dormir profundamente? Si quiere escuchar, siempre puede reunir el importe de una entrada. Noto que cuanto mejor vestidos van, más profundamente duermen. Los ricos tienen la conciencia tranquila. Si un pobre se adormece, aunque sólo sea por unos segundos, se siente mortificado; se imagina que ha cometido un delito contra el compositor.
En el número español la sala estaba electrizada. Todo el mundo estaba sentado en el borde de la butaca: los tambores los despertaron. Cuando comenzaron los tambores, creí que no acabaría nunca. Esperaba ver a la gente caer de los palcos o tirar los sombreros al aire. Había algo mágico en aquello y Ravel habría podido volvernos locos, si hubiera querido. Pero eso no es propio de Ravel. De repente, todo se apaciguó. Era como si, en plena acrobacia, hubiera recordado que llevaba puesto un chaqué. Se contuvo. Gran error, en mi humilde opinión. El arte consiste en llegar hasta las últimas consecuencias. Si comienzas con los tambores, tienes que acabar con dinamita, o TNT. Ravel sacrificó algo por la forma, por una verdura que la gente ha de digerir antes de irse a la cama.
Mis pensamientos se despliegan. La música se me escapa, ahora que los tambores han cesado. Por todas partes la gente ha recuperado la compostura. Bajo la luz de la salida hay un Werther sumido en la desesperación; está reclinado sobre los codos, tiene los ojos vidriosos. Cerca de la puerta, arrebujado en una gran capa, hay un español con un sombrero en la mano. Parece como si estuviera posando para el Balzac de Rodin. Del cuello para arriba recuerda a Buffalo Bill. En la galería de enfrente de la mía, en la primera fila, está sentada una mujer con las piernas muy abiertas; parece como si tuviera el trismo, con el cuello echado hacia atrás y dislocado. La mujer del sombrero rojo que está dormitando sobre la barandilla..., ¡qué maravilloso sería que tuviera una hemorragia! Que de repente arrojase un cubo de sangre sobre los cuellos duros de abajo. ¡Imaginaos a esas nulidades volviendo del concierto a casa con las pecheras manchadas de sangre!
miércoles, 17 de julio de 2013
Adorno y Horkheimer sobre la censura inherente al campo intelectual
“El proceso al que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión automática del autor, de todos modos parte del staff de lectores, revisores, ghost writers, dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura.”
M. Horkheimer y T.W. Adorno, Dialéctica del iluminismo
M. Horkheimer y T.W. Adorno, Dialéctica del iluminismo
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lunes, 1 de julio de 2013
Textos de la presentación del libro "Grietas" de Abraham Sánchez Guevara
28 de junio de 2013
Biblioteca Iberoamericana, México, D.F.
Laura Elisa Vizcaíno es doctorante en letras latinoamericanas en la UNAM, anteriormente realizó la maestría en letras mexicanas en la misma Universidad y la licenciatura en la Universidad Iberoamericana. Sus tesis y trabajos académicos simpre la han llevado al estudio y reflexión del género de la minificción, lo que abarca la mitad de su cerebro y la otra mitad lo ocupa la creación de minificciones, las cuales ha publicado en páginas de internet y en algunas revistas y antologías de México y Sudamerica. Su tiempo libre también está dividido entre la danza, la alimentación del blog Ficción Mínima, y los talleres virtuales de Ficticia editorial.
Al hablar de una obra en conjunto, a mí me dan unas ganas enormes de desmenuzarla, de recorrerla, escudriñarla y entender el modo cómo está construida. Es así como me doy cuenta de algo muy interesante que tiene que ver con una construcción que habla de la Destrucción. Ahora que tengan el libro en sus manos se darán cuenta, primero, del título Grietas que ya alude a una hendidura, y para rematar está el epígrafe que parece un umbral incitando a la Destrucción, es de Vicente Huidobro y dice así:
“Destruir es fácil, lo difícil es construir. ¡Qué disparate! La verdad es que es más fácil construir que destruir; trata de destruir en el hombre la idea de patria, de religión, de familia, trata de destruir cualquiera idea, cualquier costumbre, y verás si hay algo más difícil”.
Además de esta provocación a la Destrucción hay un texto intermedio del mismo autor Sánchez Guevara, es sumamente breve y dice:
La perfección de los otros
Un día todo empezó a ir perfecto según yo-otros. Mi música de verdad les gustaba a otros, sobre todo a ella, al grado de que la ponía casi diario y se extasiaba al oírla. Mis textos se editaron en todo el mundo. Casi todos mis alumnos apreciaban mi clase y eran participativos y lectores. Etcétera. Entonces lo destruí todo. (32)
Es por estos aspectos que llego a la necesidad de preguntarme: ¿qué hace el autor para hablar de Destrucción, además del título y el epígrafe del libro? Para responderlo, me voy planteando varias hipótesis, y al final me quedaron cinco respuestas.
1.- Uno de los modos del autor para hablar de Destrucción es tratar ciertos temas de manera crítica y satírica, dejando en ridículo a la sociedad, la burocracia y cualquier tipo de convención. Por ejemplo, en el cuento “Anticenicienta” (empezando por el título), hay una burla, un ataque claro, y podría decir que una ganas de Destrucción hacia los roles mediocres de la mujer. Cito una pequeña parte: “En fin, después de algunos novios y muchas frustraciones, se casó. Logró salir de la casa donde su madrastra y hermanastras la oprimían. Ahora, bueno, seguiría haciendo el quehacer, pero al menos no la humillarían, y lo haría por alguien a quien amaba”. (23). Remarco esa parte cómica. Es chistoso el tono coloquial que utiliza el autor ante una situación ridícula e irremediable, que es seguir haciendo el quehacer cual Cenicienta. En el ridículo de la protagonista, está la intención de destruir esos roles arcaicos de la mujer.
2.- Otro modo que utiliza el autor para hablar de Destrucción son ciertos recursos de escritura, lejanos al canon y de toda convención literaria. Incluso, uno se pregunta si estarían permitidos en épocas antiguas. Por ejemplo el título del último cuento reza así: “Sesión apocalíptica muajaja”. O el final del cuento “Nacimiento”, cuya última línea dice: “aquí el lector que lo desee continuará el relato...” (14). O en “La conferencia de Pepito Pérez”: eghhhhhhhhhhhhhhiiiiiitooooooooooooooooooooo (61, ruido metalero). En estos casos, donde hasta la tipografía llama la atención, parece haber una forma de destruir y burlarse también de las formas rígidas de escritura, del acartonamiento que encarcela y no permite la libre expresión del autor, este acartonamiento es evidentemente destruido por el autor de Grietas.
3.- Otro modo de Destrucción que es demasiado claro es la crítica evidente hacia las religiones. La religión es vista como otra institución que acartona y aprisiona, por lo tanto también es atacada, burlada y satirizada. Por ejemplo, en el cuento “Las reliquias”:
“Como es sabido, las reliquias de los santos son muy apreciadas, por lo que varios del cristiano pueblo ansiaban la muerte del fraile, para así poder tener alguna parte de su cuerpo. Algunos de los frailes de su mismo convento fueron los primeros en emprender la labor de ayudar a este hombre a encontrarse con Dios. (16)
La sátira es entendida como un modo de mostrar las ineptitudes del ser humano. Y me parece que en este caso es claro y funcional el modo de reprobar e intentar destruir los errores de la sociedad y de la religión.
4. Otro aspecto que me hace percibir la Destrucción son los temas concretos de la muerte, lo oscuro, alimañas, vampiros (temas plásticos: seres desmembrados), pero también están los temas abstractos como la hipocresía, las mentiras y la violencia. No creo que estos temas busquen destruir, pero sí hablan de la Destrucción.
5.- Y por último, un asunto que también tiene que ver con romper los acartonamientos literarios y que tiene que ver con el lenguaje. El tono de estos cuentos utiliza un lenguaje natural y puro, un lenguaje neto sin pretensión alguna. Este último punto me interesa bastante. Y este tipo de lenguaje me ayuda a encontrar un narrador que juega, se divierte y se burla, de tantas leyes, instituciones, como del lenguaje o de la literatura en sí. Al final queda un sabor de boca de libertad y desfachatez. Y un narrador tan sincero y sencillo como un niño. Para explicar esto último quiero dar tres ejemplos:
-“Legada”: De pronto, cuando los vagones abren sus puertas en una estación, entra un olor a carne asada. Inevitablemente, empiezan a salivar. Sí, incluso las vegetarianas. (15)
-“Carta desde el futuro”: Hasta que llegaba el momento en que el agua les llegaba a la altura de la nariz y ya no podían respirar, o un tiburón se los comía, como de hecho le sucedió a un primo. (30)
-“Milagros de Nuestr@ Señor (A)”: Escuché metal y la ouija me dijo que efectivamente había un mensaje para mí: debía combatir el cristianismo, uno de los verdaderos males de esta tierra. Cené cereal con leche, me puse mi pijama y dormí, para al día siguiente emprender mi misión. (58)
Como lectora, no puedo evitar sonreír ante un personaje irónico y tan desenmascarado que escucha metal, juega la ouija, y después cena cereal con leche y se pone su pijama. Pero una vez más, se trata de un lenguaje que trata temas desagradables con sencillez y calma. Este tipo de lenguaje tan natural, construye personajes que a diferencia de lo que conocemos, aquí no usan máscara, aquí son libres y no pretenden ser otra cosa más que lo que son.
Por mi gusto personal hacia la brevedad encontré un texto que llamó mi atención no sólo por lo pequeñito, sino también por la contundencia de sus palabras. Lo leí varias veces porque la extensión me lo permitía, pero también porque encontraba algo fascinante en él. Y llegué a la conclusión de que éste es un ejemplo microscópico (desde mi punto de vista) de toda la obra de Grietas. Se titula “Fenómenos” y dice así:
Llegó el día en que, del mismo modo en que cualquiera podía tener acceso a un automóvil, internet y teléfono celular, muchísimos podían tener un cuerpo de modelo sin mayor esfuerzo. Pero él no quiso transformarse, aunque fuera fácil y aceptado: siguió con su cuerpo, bastante imperfecto. Llegó a conocer poquísima gente que no se hubiera sometido a esos cambios, y un día, conoció a una mujer así, y caminaron juntos, como dos fenómenos de debilidad y fealdad primitiva, en las calles pobladas de músculos. (22)
¿Por qué digo que este ejemplo es una muestra microscópica de toda la obra? Porque aquí encontré, por ejemplo, la crítica a la sociedad que es constante en todo el libro, y que en este caso critica a la masa que hace lo mismo que los otros. Después hay una variante que rompe con lo típico y monótono que en este caso son dos personajes fenómenos que se encuentran y van juntos, contracorriente. Por último un final, desde mi punto de vista muy literario, que termina en una estampa o una imagen sencilla, este modo de finalizar, también es muy común en todos los cuentos, pero además de la imagen, las palabras que la construyen son contundentes y fuertes: no dejan de criticar a la sociedad musculosa y no dejan de ser expresiones puras.
Y por supuesto, este también es un ejemplo de la Destrucción porque aquí no hay protagonistas heroicos ni musculosos, sino fenómenos. Los fenómenos que están al margen son los protagonistas ejemplares.
Por último, como lectora no me queda más que un antojo por la Destrucción, lo desacartonado y el desenmascaramiento.
*
Iliana Guajardo Sepúlveda estudió la licenciatura en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ejerció la docencia por 17 años y desarrolló los oficios de escritora y editora. Ha publicado libros de texto para diversos grados y niveles educativos, así como ensayo, relato, aforismo y notas de divulgación científica. Como músico ha participado en ensables de música barroca, sefardí, celta y grupos de trova.
Por su mediocridad, la humanidad no merece
a uno solo de sus héroes.
Pero, por sus grandes momentos, los merece a todos.
I. Sepúlveda
The old fashion way: speak the truth
and let the hurt feelings fall where they may.
Proverbio inglés
Desde Sesión apocalíptica, su anterior libro, Abraham Sánchez Guevara nos hizo partícipes de su habilidad para desmenuzar el instante y perseguir la interioridad de los personajes. Nos había invitado a ver atisbos del mundo, con mirada atenta y humor negro.
Ahora, en Grietas, asistimos de nuevo a ese espacio en su mente que, con excelente simultaneidad, observa desde palco y escena. Es común encontrar escritos donde lo relatado sea observado desde fuera (y generalmente desde arriba, pues comúnmente se acepta que el retratista es intelectual y espiritualmente superior al retratado, simplemente por haber notado el momento y haber elaborado dicho retrato –no quiere decir que el retratado no se percatara, sólo se sabe que no lo relató).
Pero en la obra de Abraham Sánchez no ocurre esto. Nuestro autor logra un delicado balance, consiguiendo la sensación de que, al menos en literatura, no sólo es válido ser juez y parte, sino que hay cierto imperativo ético en ello. No se le siente metafísicamente desligado de sus personajes, fundamentalmente porque, más allá de su capacidad de empatía, mantiene la plena conciencia de su irrenunciable humanidad.
De este modo, sin pretensiones narcisistas ni poses de visionario, nos hace sentir la cotidianidad y profunda normalidad que permean la existencia tanto de un vampiro como de un ama de casa que dilapida su vida mientras sueña que es un personaje de cuento. Seres en apariencia disímiles (al grado incluso de poder cuestionar la existencia de uno de ellos mientras no nos cabe la menor duda de la existencia del otro) nos muestran aspectos del ser humano. Esto nos hace comprender que, más allá de si podemos o no asimilar formalmente la existencia de un ser fantástico como el vampiro, o entidades que mantienen la incógnita de si son extraterrestres o deidades (como MROG o FNTAGN) todo lo retratado son aspectos del humano mismo, captados no sólo con el humor negro característico, sino con gran mordacidad y un fuerte, profundo eco, pues sin pena alguna nos deja ver cómo lo humano resuena en su interior, sea o no parte de su individualidad concreta.
Aún mucho más analítico y fluido en esta nueva obra, Sánchez Guevara nos señala tanto la necesidad de mantenernos en nuestros procesos vitales, sin ansiar necesariamente el punto de llegada (momento en que sólo quedaría destruir todo lo ganado, con tal de poder continuar viviendo, es decir, avanzando nuevamente), como la de deshacernos de patrones de comportamiento cuyo problema no es que nos hagan caer en errores, sino reincidir hasta la náusea.
Estudioso de múltiples culturas y amante de ciencias y artes, incorpora a su obra todo aquello con lo que entra en contacto. Puede sentirse el hálito tanto del Tao como de la sabiduría Lakota en su visión no del mundo sino de la Tierra, la naturaleza, el universo, el todo, y cómo la humanidad se ha divorciado y alejado de ello, es decir, de su propio ser.
No sataniza, por ejemplo, a la tecnología, sino que señala el triste uso al que la reducimos. Capta, como si fuera algo simple, cómo la humanidad no logra estar a la altura de sus propios avances, pues las carencias éticas, existenciales y espirituales la hunden hasta la verdadera estatura que tiene nuestra inteligencia. No es culpa de la especie humana, ella sólo es como es. Lo curioso es que se haya sentido tan superior a sí misma que, el alto contraste generado entre su autoimagen y su ser real, la haga caer en una severa depresión. Este estado de ánimo debería disiparse al aceptarnos tal cual somos (incluyendo nuestra inhabilidad para alcanzar nuestros propios ideales). Es tan estéril enojarse con la montaña porque no está en su naturaleza tener alas y volar como golondrina, como deprimirse porque la humanidad sea como es.
Abraham Sánchez nos recuerda que no somos la cúspide de la cadena evolutiva sino un eslabón más, y nos ayuda a querer desear que el próximo eslabón llegue a existir y sea más apto para coexistir consigo mismo y su ser natural.
Resulta, por tanto, no sólo interesante sino benéfico entrar en contacto con la obra aquí comentada. Nos señala tantos vicios de comportamiento, tanta costumbre nociva, esa mentalidad nuestra alienada hasta el absurdo, que funciona como una alarma. Seguramente el autor mantiene la esperanza de que dicha alarma active nuestras mentes, nos saque de la apatía, el ostracismo, el estatismo, el egocentrismo y la mediocridad… Y comencemos a hacer lo que haría todo ser vivo: moverse, aprender… vivir.
Pero, como señala elocuentemente en uno de sus relatos, desde el futuro que ha acontecido en nuestro presente, esa esperanza es una telita pequeña que no alcanza a cobijarnos. Posiblemente en un futuro cercano (dicen en la ONU que en menos de 30 años, vayamos nosotros a saber) la crecida del océano, mientras busca dónde acomodar toda el agua de los glaciares polares, se lleve lo que queda de esa telita… Y los tiburones nos coman a todos, mientras miramos absortos nuestro celular.
Biblioteca Iberoamericana, México, D.F.
Laura Elisa Vizcaíno es doctorante en letras latinoamericanas en la UNAM, anteriormente realizó la maestría en letras mexicanas en la misma Universidad y la licenciatura en la Universidad Iberoamericana. Sus tesis y trabajos académicos simpre la han llevado al estudio y reflexión del género de la minificción, lo que abarca la mitad de su cerebro y la otra mitad lo ocupa la creación de minificciones, las cuales ha publicado en páginas de internet y en algunas revistas y antologías de México y Sudamerica. Su tiempo libre también está dividido entre la danza, la alimentación del blog Ficción Mínima, y los talleres virtuales de Ficticia editorial.
Al hablar de una obra en conjunto, a mí me dan unas ganas enormes de desmenuzarla, de recorrerla, escudriñarla y entender el modo cómo está construida. Es así como me doy cuenta de algo muy interesante que tiene que ver con una construcción que habla de la Destrucción. Ahora que tengan el libro en sus manos se darán cuenta, primero, del título Grietas que ya alude a una hendidura, y para rematar está el epígrafe que parece un umbral incitando a la Destrucción, es de Vicente Huidobro y dice así:
“Destruir es fácil, lo difícil es construir. ¡Qué disparate! La verdad es que es más fácil construir que destruir; trata de destruir en el hombre la idea de patria, de religión, de familia, trata de destruir cualquiera idea, cualquier costumbre, y verás si hay algo más difícil”.
Además de esta provocación a la Destrucción hay un texto intermedio del mismo autor Sánchez Guevara, es sumamente breve y dice:
La perfección de los otros
Un día todo empezó a ir perfecto según yo-otros. Mi música de verdad les gustaba a otros, sobre todo a ella, al grado de que la ponía casi diario y se extasiaba al oírla. Mis textos se editaron en todo el mundo. Casi todos mis alumnos apreciaban mi clase y eran participativos y lectores. Etcétera. Entonces lo destruí todo. (32)
Es por estos aspectos que llego a la necesidad de preguntarme: ¿qué hace el autor para hablar de Destrucción, además del título y el epígrafe del libro? Para responderlo, me voy planteando varias hipótesis, y al final me quedaron cinco respuestas.
1.- Uno de los modos del autor para hablar de Destrucción es tratar ciertos temas de manera crítica y satírica, dejando en ridículo a la sociedad, la burocracia y cualquier tipo de convención. Por ejemplo, en el cuento “Anticenicienta” (empezando por el título), hay una burla, un ataque claro, y podría decir que una ganas de Destrucción hacia los roles mediocres de la mujer. Cito una pequeña parte: “En fin, después de algunos novios y muchas frustraciones, se casó. Logró salir de la casa donde su madrastra y hermanastras la oprimían. Ahora, bueno, seguiría haciendo el quehacer, pero al menos no la humillarían, y lo haría por alguien a quien amaba”. (23). Remarco esa parte cómica. Es chistoso el tono coloquial que utiliza el autor ante una situación ridícula e irremediable, que es seguir haciendo el quehacer cual Cenicienta. En el ridículo de la protagonista, está la intención de destruir esos roles arcaicos de la mujer.
2.- Otro modo que utiliza el autor para hablar de Destrucción son ciertos recursos de escritura, lejanos al canon y de toda convención literaria. Incluso, uno se pregunta si estarían permitidos en épocas antiguas. Por ejemplo el título del último cuento reza así: “Sesión apocalíptica muajaja”. O el final del cuento “Nacimiento”, cuya última línea dice: “aquí el lector que lo desee continuará el relato...” (14). O en “La conferencia de Pepito Pérez”: eghhhhhhhhhhhhhhiiiiiitooooooooooooooooooooo (61, ruido metalero). En estos casos, donde hasta la tipografía llama la atención, parece haber una forma de destruir y burlarse también de las formas rígidas de escritura, del acartonamiento que encarcela y no permite la libre expresión del autor, este acartonamiento es evidentemente destruido por el autor de Grietas.
3.- Otro modo de Destrucción que es demasiado claro es la crítica evidente hacia las religiones. La religión es vista como otra institución que acartona y aprisiona, por lo tanto también es atacada, burlada y satirizada. Por ejemplo, en el cuento “Las reliquias”:
“Como es sabido, las reliquias de los santos son muy apreciadas, por lo que varios del cristiano pueblo ansiaban la muerte del fraile, para así poder tener alguna parte de su cuerpo. Algunos de los frailes de su mismo convento fueron los primeros en emprender la labor de ayudar a este hombre a encontrarse con Dios. (16)
La sátira es entendida como un modo de mostrar las ineptitudes del ser humano. Y me parece que en este caso es claro y funcional el modo de reprobar e intentar destruir los errores de la sociedad y de la religión.
4. Otro aspecto que me hace percibir la Destrucción son los temas concretos de la muerte, lo oscuro, alimañas, vampiros (temas plásticos: seres desmembrados), pero también están los temas abstractos como la hipocresía, las mentiras y la violencia. No creo que estos temas busquen destruir, pero sí hablan de la Destrucción.
5.- Y por último, un asunto que también tiene que ver con romper los acartonamientos literarios y que tiene que ver con el lenguaje. El tono de estos cuentos utiliza un lenguaje natural y puro, un lenguaje neto sin pretensión alguna. Este último punto me interesa bastante. Y este tipo de lenguaje me ayuda a encontrar un narrador que juega, se divierte y se burla, de tantas leyes, instituciones, como del lenguaje o de la literatura en sí. Al final queda un sabor de boca de libertad y desfachatez. Y un narrador tan sincero y sencillo como un niño. Para explicar esto último quiero dar tres ejemplos:
-“Legada”: De pronto, cuando los vagones abren sus puertas en una estación, entra un olor a carne asada. Inevitablemente, empiezan a salivar. Sí, incluso las vegetarianas. (15)
-“Carta desde el futuro”: Hasta que llegaba el momento en que el agua les llegaba a la altura de la nariz y ya no podían respirar, o un tiburón se los comía, como de hecho le sucedió a un primo. (30)
-“Milagros de Nuestr@ Señor (A)”: Escuché metal y la ouija me dijo que efectivamente había un mensaje para mí: debía combatir el cristianismo, uno de los verdaderos males de esta tierra. Cené cereal con leche, me puse mi pijama y dormí, para al día siguiente emprender mi misión. (58)
Como lectora, no puedo evitar sonreír ante un personaje irónico y tan desenmascarado que escucha metal, juega la ouija, y después cena cereal con leche y se pone su pijama. Pero una vez más, se trata de un lenguaje que trata temas desagradables con sencillez y calma. Este tipo de lenguaje tan natural, construye personajes que a diferencia de lo que conocemos, aquí no usan máscara, aquí son libres y no pretenden ser otra cosa más que lo que son.
Por mi gusto personal hacia la brevedad encontré un texto que llamó mi atención no sólo por lo pequeñito, sino también por la contundencia de sus palabras. Lo leí varias veces porque la extensión me lo permitía, pero también porque encontraba algo fascinante en él. Y llegué a la conclusión de que éste es un ejemplo microscópico (desde mi punto de vista) de toda la obra de Grietas. Se titula “Fenómenos” y dice así:
Llegó el día en que, del mismo modo en que cualquiera podía tener acceso a un automóvil, internet y teléfono celular, muchísimos podían tener un cuerpo de modelo sin mayor esfuerzo. Pero él no quiso transformarse, aunque fuera fácil y aceptado: siguió con su cuerpo, bastante imperfecto. Llegó a conocer poquísima gente que no se hubiera sometido a esos cambios, y un día, conoció a una mujer así, y caminaron juntos, como dos fenómenos de debilidad y fealdad primitiva, en las calles pobladas de músculos. (22)
¿Por qué digo que este ejemplo es una muestra microscópica de toda la obra? Porque aquí encontré, por ejemplo, la crítica a la sociedad que es constante en todo el libro, y que en este caso critica a la masa que hace lo mismo que los otros. Después hay una variante que rompe con lo típico y monótono que en este caso son dos personajes fenómenos que se encuentran y van juntos, contracorriente. Por último un final, desde mi punto de vista muy literario, que termina en una estampa o una imagen sencilla, este modo de finalizar, también es muy común en todos los cuentos, pero además de la imagen, las palabras que la construyen son contundentes y fuertes: no dejan de criticar a la sociedad musculosa y no dejan de ser expresiones puras.
Y por supuesto, este también es un ejemplo de la Destrucción porque aquí no hay protagonistas heroicos ni musculosos, sino fenómenos. Los fenómenos que están al margen son los protagonistas ejemplares.
Por último, como lectora no me queda más que un antojo por la Destrucción, lo desacartonado y el desenmascaramiento.
*
Iliana Guajardo Sepúlveda estudió la licenciatura en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ejerció la docencia por 17 años y desarrolló los oficios de escritora y editora. Ha publicado libros de texto para diversos grados y niveles educativos, así como ensayo, relato, aforismo y notas de divulgación científica. Como músico ha participado en ensables de música barroca, sefardí, celta y grupos de trova.
Por su mediocridad, la humanidad no merece
a uno solo de sus héroes.
Pero, por sus grandes momentos, los merece a todos.
I. Sepúlveda
The old fashion way: speak the truth
and let the hurt feelings fall where they may.
Proverbio inglés
Desde Sesión apocalíptica, su anterior libro, Abraham Sánchez Guevara nos hizo partícipes de su habilidad para desmenuzar el instante y perseguir la interioridad de los personajes. Nos había invitado a ver atisbos del mundo, con mirada atenta y humor negro.
Ahora, en Grietas, asistimos de nuevo a ese espacio en su mente que, con excelente simultaneidad, observa desde palco y escena. Es común encontrar escritos donde lo relatado sea observado desde fuera (y generalmente desde arriba, pues comúnmente se acepta que el retratista es intelectual y espiritualmente superior al retratado, simplemente por haber notado el momento y haber elaborado dicho retrato –no quiere decir que el retratado no se percatara, sólo se sabe que no lo relató).
Pero en la obra de Abraham Sánchez no ocurre esto. Nuestro autor logra un delicado balance, consiguiendo la sensación de que, al menos en literatura, no sólo es válido ser juez y parte, sino que hay cierto imperativo ético en ello. No se le siente metafísicamente desligado de sus personajes, fundamentalmente porque, más allá de su capacidad de empatía, mantiene la plena conciencia de su irrenunciable humanidad.
De este modo, sin pretensiones narcisistas ni poses de visionario, nos hace sentir la cotidianidad y profunda normalidad que permean la existencia tanto de un vampiro como de un ama de casa que dilapida su vida mientras sueña que es un personaje de cuento. Seres en apariencia disímiles (al grado incluso de poder cuestionar la existencia de uno de ellos mientras no nos cabe la menor duda de la existencia del otro) nos muestran aspectos del ser humano. Esto nos hace comprender que, más allá de si podemos o no asimilar formalmente la existencia de un ser fantástico como el vampiro, o entidades que mantienen la incógnita de si son extraterrestres o deidades (como MROG o FNTAGN) todo lo retratado son aspectos del humano mismo, captados no sólo con el humor negro característico, sino con gran mordacidad y un fuerte, profundo eco, pues sin pena alguna nos deja ver cómo lo humano resuena en su interior, sea o no parte de su individualidad concreta.
Aún mucho más analítico y fluido en esta nueva obra, Sánchez Guevara nos señala tanto la necesidad de mantenernos en nuestros procesos vitales, sin ansiar necesariamente el punto de llegada (momento en que sólo quedaría destruir todo lo ganado, con tal de poder continuar viviendo, es decir, avanzando nuevamente), como la de deshacernos de patrones de comportamiento cuyo problema no es que nos hagan caer en errores, sino reincidir hasta la náusea.
Estudioso de múltiples culturas y amante de ciencias y artes, incorpora a su obra todo aquello con lo que entra en contacto. Puede sentirse el hálito tanto del Tao como de la sabiduría Lakota en su visión no del mundo sino de la Tierra, la naturaleza, el universo, el todo, y cómo la humanidad se ha divorciado y alejado de ello, es decir, de su propio ser.
No sataniza, por ejemplo, a la tecnología, sino que señala el triste uso al que la reducimos. Capta, como si fuera algo simple, cómo la humanidad no logra estar a la altura de sus propios avances, pues las carencias éticas, existenciales y espirituales la hunden hasta la verdadera estatura que tiene nuestra inteligencia. No es culpa de la especie humana, ella sólo es como es. Lo curioso es que se haya sentido tan superior a sí misma que, el alto contraste generado entre su autoimagen y su ser real, la haga caer en una severa depresión. Este estado de ánimo debería disiparse al aceptarnos tal cual somos (incluyendo nuestra inhabilidad para alcanzar nuestros propios ideales). Es tan estéril enojarse con la montaña porque no está en su naturaleza tener alas y volar como golondrina, como deprimirse porque la humanidad sea como es.
Abraham Sánchez nos recuerda que no somos la cúspide de la cadena evolutiva sino un eslabón más, y nos ayuda a querer desear que el próximo eslabón llegue a existir y sea más apto para coexistir consigo mismo y su ser natural.
Resulta, por tanto, no sólo interesante sino benéfico entrar en contacto con la obra aquí comentada. Nos señala tantos vicios de comportamiento, tanta costumbre nociva, esa mentalidad nuestra alienada hasta el absurdo, que funciona como una alarma. Seguramente el autor mantiene la esperanza de que dicha alarma active nuestras mentes, nos saque de la apatía, el ostracismo, el estatismo, el egocentrismo y la mediocridad… Y comencemos a hacer lo que haría todo ser vivo: moverse, aprender… vivir.
Pero, como señala elocuentemente en uno de sus relatos, desde el futuro que ha acontecido en nuestro presente, esa esperanza es una telita pequeña que no alcanza a cobijarnos. Posiblemente en un futuro cercano (dicen en la ONU que en menos de 30 años, vayamos nosotros a saber) la crecida del océano, mientras busca dónde acomodar toda el agua de los glaciares polares, se lleve lo que queda de esa telita… Y los tiburones nos coman a todos, mientras miramos absortos nuestro celular.
jueves, 6 de junio de 2013
Al estudiante
Sé que a veces preferirías salir
o estar en tu casa jugando videojuegos.
Sé que no es fácil.
Tal vez falta amor
o no ha podido salir.
Quizá debes trabajar, mantener hijos,
una abuela enferma
o sobrevivir a padres tiranos.
Quizá caíste un día en un hoyo
que te llevó a otro mundo,
como Alicia.
Pero cuando te veo sonreír por una chispa,
provocada por un texto o un comentario,
cuando te veo esforzarte por escribir una frase,
superando la pereza y el tedio,
por expresar una idea,
por entender una metáfora o una oración rebuscada,
cuando veo que hay algo en ti que lucha para que crezcas,
que intenta romper yugos,
que desmiente las estadísticas de este infierno de Dante,
de crueldad, abuso y estupidez,
cuando eso ocurre
salgo alegre del salón
y sé que vale la pena luchar
contra los esbirros
que en la misma escuela tienen el poder.
Abraham Sánchez Guevara
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