No es fácil comentar, siquiera brevemente, la fascinante y compleja novela El filo diestro del durmiente, de Héctor Fernando Vizcarra (Terracota, México, 2013), sin temor a desatinar. La novela policial, muchas veces considerada de masas y de evasión, adquiere aquí una constitución crítica. Crítica del género que encarna, de los prejuicios con que se lee (ya sean los del lector guiado por las modas editoriales o del lector académico, muchas veces guiado por otras modas), crítica con su sociedad, atrapada en la violencia lo mismo que en la tristeza y la frivolidad.
Es inevitable que el detective caiga al menos a veces en trampas y respuestas falsas, que sonaban muy convincentes o que son verdaderas en otra realidad, que pierda su glamur y se vuelva entrañable discípulo de don Quijote. Todos los personajes son lectores, autores, detectives y, en mayor o menor grado, criminales (desde los que efectivamente atacan a sangre fría y se cubren con piel de oveja hasta los que, sin encontrar cómo salir de su papel de víctima, se entregan al sacrificio). Un desierto cargado de signos y una ciudad con sujetos vacíos, no por falta de cosas o ideas, sino de lucidez. “Se dieron cuenta de que la soledad no radica en la cantidad de personas que se tengan cerca sino en la maldita incomunicación por todas partes”.
“«¿Es necesario, señor Plénat, que haya un detective en la historia?». Entonces el autor responde al entrevistador: «Sí, de forma absoluta. Se trata de un individuo que está por encima del resto, que es capaz de desembrollar cualquier enigma, salvo el de su propia existencia.»” Esta paradoja, trágica poética, refleja, cual lente de cámara, al lector, que es también detective o juega a serlo. El lector se sumerge en el misterio de vidas de mundos paralelos, trata de comprender, de desentrañar, de resolver, más allá de juzgar (aunque sin duda tome postura), pero, igual que el detective, suele no enfrentar y resolver con la misma sagacidad su propia vida. Esta es una magnífica invitación, o así lo vemos, a poner la lupa sobre nosotros mismos, pero, como sabe todo investigador con cierta experiencia, se han de usar distintos lentes según sea el caso y el misterio nunca desaparecerá del todo, por fortuna.
El libro subraya la ficcionalidad de personajes que son tan reales como nosotros mismos, la participación del lector como detective, es decir, protagonista; destaca nuestras posibilidades de descubrimiento y reinvención.
Enero de 2014.
sábado, 2 de enero de 2016
Reseña de "Los que deambulan sin sentido" de Andrés Gutiérrez Villavicencio
Ventana a un probable futuro próximo, Los que deambulan sin sentido no es sólo una “novela de zombis”, como pareciera indicar el título, la portada y la moda por la que pasa este momento. Y eso se puede percibir desde las primeras páginas, en las que el retrato del mundo actual es horriblemente realista: superpotencias enfrentadas desplegando todo su poderío mediático, económico y militar a costa de masas humanas explotadas y manipuladas e incluso a costa de las mismas superpotencias, que no son más que la representación de las pasiones egoístas de una minoría.
El zombi es la imagen del mundo desgastado en el cual vivimos, que se cae a pedazos, enfermo de rencores y descuidos, egoísmos y traiciones. Es la máxima expresión de la entropía andante, del desgaste en forma humana. […] El zombi es el reflejo de la sociedad que lo ha engendrado. Es un ser que no piensa, desea, y ese deseo entraña una carencia, pero que no es la escasez de algo indispensable, sino de una necesidad impuesta. Aquello que busca no le es vital. Puede vivir sin la carne humana, pero la desea como si en ello se le fuera la existencia. La desea con un apetito incansable, la consume compulsivamente, aunque luego la deje a medias, porque es un ser de proyectos inacabados. Por eso quien escribió esto puede concluir que los zombis somos nosotros. La moda de los zombis es una morbosa fascinación por nuestra monstruosidad, más que física, ontológica.
La guerra atraviesa toda la novela y a todos los personajes (¿no es así también en este mundo y en particular en este país?), nadie escapa a ella, desde el soldado hasta la madre o la pareja posesivas, los deportistas y empleados de oficina, la “gente bien”, los religiosos, quienes buscan evadir la realidad, los magnates titiriteros, los pobres, los científicos… Los golpes brutales de una realidad que muchos habían querido ignorar o postergar demuelen los proyectos de vida. A algunos esta oscura iluminación los lleva a ser mejores seres humanos, más valientes, congruentes y solidarios; muchos van sobrellevando las crisis, yendo a la deriva y sin cambiar esencialmente, conservando su egoísmo como si fuera lo más valioso de la vida, y otros aprovechan esta coyuntura para seguir siendo monstruos, pero ahora en su máxima expresión de estupidez, sin darse cuenta de que persistir en ese camino no les traerá felicidad y ni siquiera beneficios perdurables, sino que acrecentará el infierno. Obra que recuerda el también brillante y crudo Ensayo sobre la ceguera de Saramago. ¿Quiénes son los zombis? ¿quiénes son los ciegos? ¿son los otros, alguien a quien temer o compadecer?
Al final parece haber una luz, ¿pero cuánto puede durar si quienes la emiten no plantean otras formas de relacionarse y organizarse política y económicamente, que de verdad eviten que se repita la historia como ya se ha repetido (de ahí las referencias a la historia y a las mitologías antiguas), que cambien el rumbo hacia una vida de verdad hermosa, justa y placentera para el ser humano?
Septiembre de 2013
El zombi es la imagen del mundo desgastado en el cual vivimos, que se cae a pedazos, enfermo de rencores y descuidos, egoísmos y traiciones. Es la máxima expresión de la entropía andante, del desgaste en forma humana. […] El zombi es el reflejo de la sociedad que lo ha engendrado. Es un ser que no piensa, desea, y ese deseo entraña una carencia, pero que no es la escasez de algo indispensable, sino de una necesidad impuesta. Aquello que busca no le es vital. Puede vivir sin la carne humana, pero la desea como si en ello se le fuera la existencia. La desea con un apetito incansable, la consume compulsivamente, aunque luego la deje a medias, porque es un ser de proyectos inacabados. Por eso quien escribió esto puede concluir que los zombis somos nosotros. La moda de los zombis es una morbosa fascinación por nuestra monstruosidad, más que física, ontológica.
La guerra atraviesa toda la novela y a todos los personajes (¿no es así también en este mundo y en particular en este país?), nadie escapa a ella, desde el soldado hasta la madre o la pareja posesivas, los deportistas y empleados de oficina, la “gente bien”, los religiosos, quienes buscan evadir la realidad, los magnates titiriteros, los pobres, los científicos… Los golpes brutales de una realidad que muchos habían querido ignorar o postergar demuelen los proyectos de vida. A algunos esta oscura iluminación los lleva a ser mejores seres humanos, más valientes, congruentes y solidarios; muchos van sobrellevando las crisis, yendo a la deriva y sin cambiar esencialmente, conservando su egoísmo como si fuera lo más valioso de la vida, y otros aprovechan esta coyuntura para seguir siendo monstruos, pero ahora en su máxima expresión de estupidez, sin darse cuenta de que persistir en ese camino no les traerá felicidad y ni siquiera beneficios perdurables, sino que acrecentará el infierno. Obra que recuerda el también brillante y crudo Ensayo sobre la ceguera de Saramago. ¿Quiénes son los zombis? ¿quiénes son los ciegos? ¿son los otros, alguien a quien temer o compadecer?
Al final parece haber una luz, ¿pero cuánto puede durar si quienes la emiten no plantean otras formas de relacionarse y organizarse política y económicamente, que de verdad eviten que se repita la historia como ya se ha repetido (de ahí las referencias a la historia y a las mitologías antiguas), que cambien el rumbo hacia una vida de verdad hermosa, justa y placentera para el ser humano?
Septiembre de 2013
Reseña de "Glosar rupestre" de Jorge Aguilera
Quiero comentar Glosar rupestre (Verso destierro, México, 2014) de Jorge Aguilera López, aunque en este momento tengo más intuiciones que claridad. Lo intentaré porque sé que hay que glosar (sin glosas la lengua no evolucionaría y la poesía tampoco) y que a veces no queda más que confiar en la intuición, porque esta poesía es como una mosca, “ángel de día” de formas a menudo surrealistas, que no se deja atrapar. Versos prosaicos y sublimes que resisten al burocratismo cuantitativo, que “cuentan lo que tienen que contar”, lo que de verdad importa, que pugnan porque “la estupidez no venza”; palabras que huelen, no a sermón de iglesia, sino a una filosofía viva en el cuerpo que declara que “la ontología está en tus ojos, la ética en tus manos, la epistemología en tu boca”; una Eva que no necesita de la serpiente para ser libre; un Dios muerto pero presente que no puede impedir la blasfemia, lo sagrado más vasto, el amor; un sujeto “atañéndose en el presente como ruta”, que a pesar del llanto espera la llegada de la luz y se levanta, que cree haberse curado de la literatura pero que más bien se ha curado de los parásitos que la vuelven mercancía simbólica, pues para él poesía y revolución confluyen en un mismo cauce.
Septiembre de 2014.
Septiembre de 2014.
viernes, 1 de enero de 2016
Juguemos. Si yo soy...
––Juguemos. Si yo soy un gran pianista…
––Si eres un gran pianista, y te corto un brazo, ¿qué haces?
––Me dedico a pintar.
––Si eres un gran pintor y te corto el otro brazo, ¿qué haces?
––Me dedico a bailar.
––Si eres un gran bailarín y te corto las piernas ¿qué haces?
––Me dedico a cantar.
––Si eres un cantante y te corto la garganta, ¿qué haces?
––Como estoy muerto, pido que con mi piel se fabrique un hermoso tambor.
––Y si quemo el tambor, ¿qué haces?
––Me convierto en una nube que tome todas las formas.
––Si la nube se disuelve, ¿qué haces?
––Me convierto en lluvia y hago que nazcan las hierbas.
Alejandro Jodorowsky, Fando y Lis.
––Si eres un gran pianista, y te corto un brazo, ¿qué haces?
––Me dedico a pintar.
––Si eres un gran pintor y te corto el otro brazo, ¿qué haces?
––Me dedico a bailar.
––Si eres un gran bailarín y te corto las piernas ¿qué haces?
––Me dedico a cantar.
––Si eres un cantante y te corto la garganta, ¿qué haces?
––Como estoy muerto, pido que con mi piel se fabrique un hermoso tambor.
––Y si quemo el tambor, ¿qué haces?
––Me convierto en una nube que tome todas las formas.
––Si la nube se disuelve, ¿qué haces?
––Me convierto en lluvia y hago que nazcan las hierbas.
Alejandro Jodorowsky, Fando y Lis.
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Eduardo Galeano en Quijotes
"Yo siempre decía, discutiendo con mis amigos en Venezuela, que (Rafael) Vargas era un pintor realista porque uno no sólo es realista cuando pinta la realidad que conoce y padece, sino que también es realista cuando pinta la realidad que necesita, porque en la barriga de este mundo hay otro mundo posible."
Eduardo Galeano
Eduardo Galeano
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Una charla con César Aira. Isaura Contreras, Abraham Sánchez y Elisa Vizcaíno
http://luvina.com.mx/foros/index.php?option=com_content&task=view&id=365
Tesis "Lo salvaje en la poesía de Francisco Hernández"
http://132.248.9.195/pd2007/0616378/Index.html
Irene Selser. El haiku y la militancia. El haiku en tres poetas contemporáneos. Tercera entrega
http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=2852:el-haiku-en-tres-poetas-contemporos-3-irene-selser-el-haiku-y-la-militancia&catid=1025:no-61&Itemid=154
Una taza de café con Francisco Hernández. El haiku en tres poetas contemporáneos. Segunda entrega
http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index2.php?option=com_content&task=view&id=2812&pop=1&page=0&Itemid=115
Raúl Renán: guerrero del lápiz. El haiku en tres poetas contemporáneos. Primera entrega
http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=2775&Itemid=115
Tesis "Recreación de la novela en la obra de César Aira"
http://es.scribd.com/doc/88515228/Abraham-Sanchez-Guevara-Recreacion-de-la-novela-en-la-obra-de-Cesar-Aira#scribd
Tesis "Reflexiones en torno al haiku hispanoamericano"
http://www.academia.edu/8339658/Reflexiones_en_torno_al_haiku_hispoanoamericano
Reseña de "Cucos"
Elisa me preguntó qué pienso cuando oigo Cucos (Ficticia, México, 2015). Pienso en animalitos, como cucús, cuyos o cocuyos. Cada uno de estos cuentos cortos tiene vida propia, es tan orgánico que cada palabra, incluso cada letra (como cuando dice que las palab se las llev el…), tiene una función, mucho más que en la mayoría de los libros. Y es que las pocas y certeras palabras (que también debería aplicarse a los grandes discursos…), con el peso de un balín, con la intensidad de una granada, deben hacer estallar el lenguaje y la misma sociedad, derrumbando las ilusiones (particularmente las palabras ilusorias) o disparando instantáneas del momento en el que la realidad resplandece más, a través del acto ilusionista de la literatura.
La brevedad como negatividad nos acerca al vacío, el no ser, la muerte o el ser inacabado, malhecho, ya sea por el ego, el conformismo, la impostura, la crueldad, la misma vulnerabilidad humana, y que Elisa nos los muestra con dureza, pero también con humor, ternura y erotismo. Ese vacío e imperfección, señalados por Homero, Cervantes, Nietzsche, Rulfo, Samperio, entre otros que la autora invita, es precisamente lo que, si enfrentamos y valoramos debidamente, nos puede permitir transfigurarnos en cualquier aspecto.
No quisiera tropezar, más de lo que quizá ya hice, por lo que me despido recomendando la lectura de los Cucos.
La brevedad como negatividad nos acerca al vacío, el no ser, la muerte o el ser inacabado, malhecho, ya sea por el ego, el conformismo, la impostura, la crueldad, la misma vulnerabilidad humana, y que Elisa nos los muestra con dureza, pero también con humor, ternura y erotismo. Ese vacío e imperfección, señalados por Homero, Cervantes, Nietzsche, Rulfo, Samperio, entre otros que la autora invita, es precisamente lo que, si enfrentamos y valoramos debidamente, nos puede permitir transfigurarnos en cualquier aspecto.
No quisiera tropezar, más de lo que quizá ya hice, por lo que me despido recomendando la lectura de los Cucos.
viernes, 25 de septiembre de 2015
Booktrailer de novela Boceto de mar ennegrecido
https://youtu.be/ZnEm2BzAyyc
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revolución y reformismo
miércoles, 8 de abril de 2015
El doctorado del conformismo
Cuando se ha llegado a un nivel considerable de desarrollo intelectual y de conocimiento (como lo implica una licenciatura o una maestría en una universidad pública o reconocida por el Estado), en lugar de mantenerse en ese nivel o de aumentarlo, he observado que en el doctorado la tendencia es regresar a un nivel básico. Por supuesto, he dicho la tendencia conforme a lo que yo he observado en varios estudiantes, profesores y políticas institucionales doctorales. Sería una mentira o una estupidez afirmar que todos los doctores o doctorantes padecen de esto, pues sin duda hay gente brillante, propositiva y crítica. Me explico.
¿Qué demuestra un título universitario y qué debería mostrar? ¿Conocimiento, capacidad de análisis y síntesis, capacidad de proponer soluciones? Cada vez he escuchado menos estas respuestas y más las de que un título de posgrado demuestra capacidad de investigación y de adaptación a los parámetros institucionales. Por un lado, es innegable que las primeras cualidades mencionadas se pueden desarrollar al margen de los estudios de posgrado y en ocasiones incluso al margen de la educación universitaria, pero por otro lado, ¿qué no eran y deberían ser también objetivos de la educación? En la carrera por la supervivencia y por el éxito en la sociedad burguesa estos objetivos se desdibujan desde los jóvenes estudiantes hasta las autoridades educativas, pues la mayoría parece buscar el beneficio personal que se traduce en un buen sueldo y la acumulación de capital simbólico o estatus. Si hay que hacer posgrados para obtener eso, pues hagámoslos, y si lo que se necesita ya no es una aportación social y ni siquiera intelectual, sino simplemente someterse a lo que digan los superiores para poder ascender, justo como en la jerarquía castrense, pues hagámoslo…
De este modo, el cinismo vulgar, de por sí rampante en nuestra sociedad, gana terreno y, como en un círculo o rueda de la fortuna, de estar en un punto elevado pasamos a un punto muy bajo: de aprender a formular hipótesis, a investigar, a dudar, a argumentar, a investigar según nuestras inquietudes, a generar nuestra propia metodología y conjuntarla con otras, a encontrar retos y aventuras intelectuales, pasamos a aprender a ejecutar lo que digan los asesores de tesis aunque se contradigan entre sí o incluso a sí mismos en cuestión de semanas, a investigar temas de moda o no muy polémicos, a seguir el machote de algún teórico de renombre, a venerar sumisamente a los doctores como queremos que lo hagan con nosotros cuando lo seamos, en una lógica perversa, a recurrir constantemente a las falacias, como la de autoridad o en las que se ejerce algún tipo de coacción como el retiro de becas o de apoyo para publicaciones. Sin embargo, como somos intelectuales, hombres o mujeres de ciencia, tenemos un velo de superioridad que nos justifica. Si los jóvenes no del todo convencidos de estudiar el bachillerato pudieran ver esto se preguntarían: “¿O sea que no es cierto que estudiar más me haga más crítico, propositivo y ético?” O quizá concluirían: “Ya veo que los posgrados y las especializaciones no son tan diferentes de dedicarse a cualquier otra cosa, buscando ganar más, sólo que estos tienen más prestigio”.
La crisis educativa y de conocimiento que vivimos en la actualidad a nivel mundial se debe también a que como humanistas y científicos, es decir, como gente que cultiva el intelecto, no hemos sabido defender nuestro quehacer con hechos, con congruencia, sino que, igual que cualquier capitalista o explotado sin estudio, hemos buscado sacar la mejor tajada. No nos hemos destacado mucho éticamente. Por eso también no creen en nosotros ni en la gran importancia de nuestra labor. Esto no es nuevo. Recordemos por ejemplo el Elogio de la locura de Erasmo. Sin embargo, en la sociedad del siglo XXI ya reventó. La exclusión para la mayoría de la población a los estudios preuniversitarios, universitarios y aún más de posgrado, ha llegado a cifras grotescas que superan el 90% de los solicitantes. De los pocos que quedan, muchas veces lejos de solidarizarse al menos empáticamente con los rechazados, legitiman la exclusión de la cual ellos, hasta ahora, no han sido víctimas, sino supuestos vencedores.
¿Por qué en los posgrados se les da preferencia (más bien habría que decir que son casi los únicos en ser aceptados) a quienes no trabajan y se dedican de tiempo completo al estudio? Esto ya suele implicar un evidente sesgo socioeconómico: quienes tengan que trabajar no tienen muchas posibilidades de estudiar un posgrado, a menos que oculten su empleo, lo que los pondría en una situación vulnerable. Por otro lado, a los trabajadores, sobre todo docentes, se les exige preparación, ¿pero cómo la van a obtener si los excluyen de los posgrados? No resulta sorprendente, pues, que un buen porcentaje de los estudiantes de posgrado sean personas de clase acomodada, con influencias y extranjeros, de quienes muchos creen que por el sólo hecho de tenerlos en la matrícula la institución gana prestigio.
Mención aparte merecen los distintos tipos de acoso, plagio y abuso de poder que abundan en las instituciones educativas que, con una fachada de universidad pública y de santuario del saber enmascaran una corrupción equiparable a la de cualquier otra institución gubernamental o privada, como denuncié hace un par de años en la UAM-Iztapalapa.
La única alternativa siempre ha estado en quienes se desempeñan con pleno respeto y vocación como profesores o estudiantes y alzan la voz individual o, mejor aún, colectivamente. El presente y el futuro de las humanidades y las ciencias dependen sólo de ellos.
¿Qué demuestra un título universitario y qué debería mostrar? ¿Conocimiento, capacidad de análisis y síntesis, capacidad de proponer soluciones? Cada vez he escuchado menos estas respuestas y más las de que un título de posgrado demuestra capacidad de investigación y de adaptación a los parámetros institucionales. Por un lado, es innegable que las primeras cualidades mencionadas se pueden desarrollar al margen de los estudios de posgrado y en ocasiones incluso al margen de la educación universitaria, pero por otro lado, ¿qué no eran y deberían ser también objetivos de la educación? En la carrera por la supervivencia y por el éxito en la sociedad burguesa estos objetivos se desdibujan desde los jóvenes estudiantes hasta las autoridades educativas, pues la mayoría parece buscar el beneficio personal que se traduce en un buen sueldo y la acumulación de capital simbólico o estatus. Si hay que hacer posgrados para obtener eso, pues hagámoslos, y si lo que se necesita ya no es una aportación social y ni siquiera intelectual, sino simplemente someterse a lo que digan los superiores para poder ascender, justo como en la jerarquía castrense, pues hagámoslo…
De este modo, el cinismo vulgar, de por sí rampante en nuestra sociedad, gana terreno y, como en un círculo o rueda de la fortuna, de estar en un punto elevado pasamos a un punto muy bajo: de aprender a formular hipótesis, a investigar, a dudar, a argumentar, a investigar según nuestras inquietudes, a generar nuestra propia metodología y conjuntarla con otras, a encontrar retos y aventuras intelectuales, pasamos a aprender a ejecutar lo que digan los asesores de tesis aunque se contradigan entre sí o incluso a sí mismos en cuestión de semanas, a investigar temas de moda o no muy polémicos, a seguir el machote de algún teórico de renombre, a venerar sumisamente a los doctores como queremos que lo hagan con nosotros cuando lo seamos, en una lógica perversa, a recurrir constantemente a las falacias, como la de autoridad o en las que se ejerce algún tipo de coacción como el retiro de becas o de apoyo para publicaciones. Sin embargo, como somos intelectuales, hombres o mujeres de ciencia, tenemos un velo de superioridad que nos justifica. Si los jóvenes no del todo convencidos de estudiar el bachillerato pudieran ver esto se preguntarían: “¿O sea que no es cierto que estudiar más me haga más crítico, propositivo y ético?” O quizá concluirían: “Ya veo que los posgrados y las especializaciones no son tan diferentes de dedicarse a cualquier otra cosa, buscando ganar más, sólo que estos tienen más prestigio”.
La crisis educativa y de conocimiento que vivimos en la actualidad a nivel mundial se debe también a que como humanistas y científicos, es decir, como gente que cultiva el intelecto, no hemos sabido defender nuestro quehacer con hechos, con congruencia, sino que, igual que cualquier capitalista o explotado sin estudio, hemos buscado sacar la mejor tajada. No nos hemos destacado mucho éticamente. Por eso también no creen en nosotros ni en la gran importancia de nuestra labor. Esto no es nuevo. Recordemos por ejemplo el Elogio de la locura de Erasmo. Sin embargo, en la sociedad del siglo XXI ya reventó. La exclusión para la mayoría de la población a los estudios preuniversitarios, universitarios y aún más de posgrado, ha llegado a cifras grotescas que superan el 90% de los solicitantes. De los pocos que quedan, muchas veces lejos de solidarizarse al menos empáticamente con los rechazados, legitiman la exclusión de la cual ellos, hasta ahora, no han sido víctimas, sino supuestos vencedores.
¿Por qué en los posgrados se les da preferencia (más bien habría que decir que son casi los únicos en ser aceptados) a quienes no trabajan y se dedican de tiempo completo al estudio? Esto ya suele implicar un evidente sesgo socioeconómico: quienes tengan que trabajar no tienen muchas posibilidades de estudiar un posgrado, a menos que oculten su empleo, lo que los pondría en una situación vulnerable. Por otro lado, a los trabajadores, sobre todo docentes, se les exige preparación, ¿pero cómo la van a obtener si los excluyen de los posgrados? No resulta sorprendente, pues, que un buen porcentaje de los estudiantes de posgrado sean personas de clase acomodada, con influencias y extranjeros, de quienes muchos creen que por el sólo hecho de tenerlos en la matrícula la institución gana prestigio.
Mención aparte merecen los distintos tipos de acoso, plagio y abuso de poder que abundan en las instituciones educativas que, con una fachada de universidad pública y de santuario del saber enmascaran una corrupción equiparable a la de cualquier otra institución gubernamental o privada, como denuncié hace un par de años en la UAM-Iztapalapa.
La única alternativa siempre ha estado en quienes se desempeñan con pleno respeto y vocación como profesores o estudiantes y alzan la voz individual o, mejor aún, colectivamente. El presente y el futuro de las humanidades y las ciencias dependen sólo de ellos.
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